El mejor Cafe es Caldense.

Cafés de Alta Calidad. Reinaldo Cuartas.

 

A sus 71 años, don Reinaldo Cuartas es lo que se dice un roble. Vive sano y sonriente. No para de trabajar. No paga mano de obra para que se encargue de los 18.000 árboles de café que tiene en una extensión equivalente a casi tres canchas de fútbol como la del estadio Palogrande de Manizales.

Todo el trabajo para producir el café que acaba de ganar el premio como el mejor de Caldas, lo hacen él, doña Obeida, su esposa desde hace casi medio siglo, y sus hijos. En especial los dos que viven con él, Arsey y Arsoy. Los otros dos, Ángela y Ángel, viven en Bogotá pero de vez en cuando viajan a ayudar, con todo y tres nietos adolescentes a bordo.

“A mí me gusta mucho la finca, porque yo tengo que tener el tiempo ocupado. Es que uno en la ciudad, ya viejo, qué va a hacer”, dice Reinaldo cuando se le pregunta por qué decidió regresar al campo después de haber pasado unos años en la capital. Acá está activo desde las cinco de la mañana y hasta las ocho o nueve de la noche. “Allá uno no haría sino estorbar”, asegura.

Claro que no se mantiene en pie por sí solo. Parte del trabajo lo hacen cuatro o cinco tintos que se toma a diario. El primero, recién se ha levantado. ¡Cómo no tomárselos, si es el mejor café del departamento!


Además, cultiva otros productos que le sirven de pancoger, para evitar que se propaguen algunas plagas y como alternativa económica cuando el café no está pasando por sus mejores momentos.

En las vigas de madera de su casa cuelga el maíz mientras se seca, al tiempo que otra tanda está en recolección y la tercera en crecimiento. También hay fríjol, cebolla y un listado de frutas que pasa de la docena, además de los pastos para la vaca lechera y otros animales que a veces se juntan para perturbar El Silencio.

Así se llama la finca. Fue un nombre puesto a las carreras, según dice su dueño. Pero muge aquélla, gruñe el cerdo, cacarean las gallinas y rebuzna el burro. En todo caso, nunca tendrá el ruido de una ciudad.

Antes, era homónima de la vereda: Arabia. Pero Reinaldo, por tradición, le cambió el nombre cuando la compró hace 26 años. Para esa época, contando un lote contiguo que también adquirió para completar las 5 hectáreas que tiene, le costó 9 millones de pesos.

Eso valen, por estos días, 11 de las 60 ó 70 cargas de café que produce la finca en un año. En esta cosecha, ha recogido cerca de un centenar de kilos diarios. En realidad no es mucho, a pesar de que el precio por estos días es bueno, gracias a la tasa de cambio que tiene el peso con el dólar. Pero le da lo suficiente para no vivir alcanzado.

Porque Reinaldo, que le ayudaba a su papá en los oficios del café desde que era niño, es un gran gerente empírico, que aprovecha al máximo cada uno de los productos de su finca.
Cambios para mejorar

En El Silencio no solo se usa cada parte del espacio para sembrar una mayor variedad de plantas y tener animales, también se utiliza lo que otros consideran desechos.

En lugar de fertilizantes artificiales, recolecta y lava las pulpas de la cereza de café, que no se usa en el producto final, y las mezcla con boñiga de sus animales para fabricar abono. “No hay mejor que este y solo echo cien gramitos cada seis meses”, dice.

Como su finca es pequeña, quita a mano la maleza, sin necesidad de herbicidas. También recolecta a diario, lo que facilita el control de la broca, es decir, mantenerla cerca al dos por ciento de afectación.

Las recomendaciones se las dio el Comité de Cafeteros de Caldas y él, no sin esfuerzo pero con el impulso de Arsoy, las acogió. Su hijo dice que no fue fácil convencerlo del mayor cambio de todos: renovar el cultivo para sembrar la variedad Castillo, más resistente a las plagas y enfermedades.

Pero lo hizo al final. Ese ha sido un factor determinante para obtener el sello de café especial Fair Trade de Estados Unidos y, por ende, para ganar el concurso.

Cosa curiosa que, si no hubiera sido por la insistencia de Arsoy, tampoco se hubiera inscrito. Por eso ahora recomienda, mientras revuelve el grano en secado, que “lo importante es ponerle interés y ánimo a la cosa”, para cultivar un café de tanta calidad.