‘Voces Fatigadas’ encarna, simplemente, una propuesta para el entretenimiento. Carece de ínfulas académicas, de erudición postiza, es decir, son páginas donde brilla por su ausencia la discusión lexicográfica.

En el dudoso esplendor de una época -en la que es más fácil ser crítico que ser correcto- en medio de la cual todo es previsible, lo inesperado suele llegar con un raro encanto.
El glosario ‘Voces Fatigadas’, hijo legítimo y natural de este redactor de emociones, parece contar con este carácter sorpresivo, porque entre otras cosas, no pertenece al género de la seudo literatura de investigación periodística -ahora en deplorable apogeo- que hunde sus oscuros propósitos de sensacionalismo, en el destape morboso de la vida íntima de los llamados, ampulosamente, famosos.
Mi proyecto, tampoco está sustentado -para el desengaño de los mercaderes de la industria editorial- en los detalles escabrosos que pueblan los expedientes de los criminales de la droga o del paramilitarismo ni en las peripecias ‘corporativas’ de los y las traficantes del sexo de alta, mediana e ínfima estofa. Por el contrario, el glosario en mención, fue construido, minuciosamente, para comunicar nostalgias de un tiempo pasado, cuando la palabra tenía calor de hogar; valor, pero no precio; fortaleza, pero no prepotencia; precisión, pero no aspavientos; agudeza, pero jamás procacidad. Más aún, este bello embeleco, no busca contraprestaciones mezquinas ni persigue, de manera alguna, socorridos premios ni reconocimientos jactanciosos, porque su leitmotiv es rescatar del olvido efectivo y probable, una sonreída selección de vocablos profundamente familiares, que ya han hecho su travesía vital y mágica por las breñas entrañables del antiguo mapa caldense, una comarca prodigiosa con verdes de todos los colores. Por todo lo anterior, mi bolsilibro, no tiene un ápice ni un asomo ni una pizca de oportunismo. En buen romance, no es mercenario.
encarna, simplemente, una propuesta para el entretenimiento. Carece de ínfulas académicas, de erudición postiza, es decir, son páginas donde brillan por su ausencia la discusión lexicográfica, la hipótesis etimológica y, también, el rigor científico de los textos especializados en el tema del idioma. Está hecho en voz baja y con buena letra, se encuentra abierto a todos los públicos, para que la gente sensible reencuentre sus raíces y pueda divertirse con nuestro lenguaje ancestral, genuina y deliciosamente metafórico. En donde, incluso, los jóvenes hallen con facilidad y de manera amena, respuestas a preguntas que todavía no se han formulado por miedo o pereza a los anacrónicos mamotretos que duermen bajo el fardo de parrafadas ininteligibles.
Desde otra óptica, este inesperado glosario encara con acento coloquial, festivo y desenfadado, los enrevesados dialectos cibernéticos de la modernidad, el desgreño generalizado del idioma hablado y escrito; en fin, esa nueva jungla de la desinformación en donde impera un régimen de chácharas frías e impersonales, una jerigonza chapucera e inexpresiva. De adehala, a este desenfreno lingüístico, se suman el mal gusto y la pornografía, las nuevas instituciones socioculturales que emergen como testimonios de audacia o de moda, puesto que, ahora, el chiste, la gracia, consiste en ser vulgar sin ningún pretexto y dentro de todas las modalidades habidas y por haber.
Por último, ‘Voces Fatigadas’ -que después de Alejandro, mi hijo, es lo más bello que he hecho- constituye un íntimo motivo para reunificar mi familia alrededor del vivo recuerdo de nuestra madre, Silvia, cuya vida se apagó, sin alardes, como una lámpara, para pertenecer a la larga noche de los tiempos, dejándonos en el epicentro del silencio que resuena en la oquedad infinita.
Eso es todo. Feliz Navidad, amable y ocioso lector. Perdone que este regalo virtual contenga una lágrima real a punto de reventar.