Retrato del corto colombiano, en un largo proyecto.

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La producción de ‘Espérame Genoveva’ refleja los problemas y las bondades de este género.

Contra todo pronóstico, el cortometraje Espérame Genoveva se estrenará este martes en el Cine Tonalá, del centro de Bogotá. Y es contra todo pronóstico porque a comienzos del año pasado, sus creadores habían renunciado a terminarlo: como sucede con más de 400 cortos al año en Colombia, la historia detrás de cámaras se convirtió en una lucha de perseverancia y creatividad que superó hasta los atracos callejeros.
Una pandilla completa los asaltó hace 18 meses, cuando apenas comenzaban a filmar en el barrio La Candelaria, el más tradicional de la capital. Seis ladrones adultos, todos con cuchillos, y ocho menores de edad que avisaban de movimientos extraños, los intimidaron y se llevaron equipos avaluados en 21 millones de pesos.

“Eran especializados porque nos decían: ‘Suelte el trípode, pilas con el lente’; conocían el lenguaje del cine, y resultó que estaban en una escuela audiovisual que apoyaba la Alcaldía de Bogotá para resocializar pandilleros”, recuerda hoy el productor de Espérame Genoveva, Omarjavier Umaña.

El robo parecía el final infeliz de un sueño que había comenzado cuatro años atrás, cuando el director Camilo Borráez comenzó a escribir el guion, como tesis para la maestría en Comunicación Audiovisual que cursaba en la Universidad Católica de Buenos Aires. Era la adaptación de un cuento bogotano que lo había enamorado en su adolescencia: “Cuando estaba en el colegio Don Bosco, en noveno grado –relata Borráez–, un profesor nos mostró la literatura de Hernando Téllez, y me gustaron sus cuentos. En particular, uno llamado Genoveva me espera siempre, que pensé en llevar al cine”.

Es la historia de Ricardo, un joven inocente que se siente atraído por Genoveva, una prostituta del sector en el que ambos trabajan, pero a la que teme acceder por falta de dinero.

Borráez revivió esa idea cuando estudiaba en Buenos Aires y se la propuso a sus compañeros de maestría, la mayoría de los cuales eran colombianos y venezolanos. En su curso, de 23 estudiantes solo había uno argentino. Formaron un grupo de cinco compatriotas, cada uno con su proyecto de tesis, de ficción o documental.

“Hicimos como 35 guiones, hasta que nos decidimos por uno final”, cuenta el director. Al comienzo eran 200 planos de cine, y buscaron rodar en Argentina, pero las condiciones económicas de ese país cambiaron y los cinco encontraron en su tierra natal un suelo fértil para la producción audiovisual.

El cortometraje vive una época dorada en Colombia por las cifras de producción y por los premios, como el de la Palma de Oro en Cannes para Leidi, en 2014.

Explica Umaña: “Cuando regresamos y vimos el panorama del cortometraje en Colombia, pensamos: ‘Se puede’. Ya existe la figura de alianzas que hacen las productoras, y hay actores reconocidos, talentosos, que saben cómo está funcionando esto, y si ven proyectos de calidad, se le miden”.

En efecto, Fernando Arévalo, actor veterano en cine, teatro y TV, decidió participar: “Como también soy libretista, admiré mucho la manera tan sencilla y tan clara en que hicieron la adaptación de una obra literaria, algo que hubiera podido ser muy complejo”.

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El submundo del corto
Para la plataforma Bogoshorts, durante todo el año pasado se presentaron 410 cortos nacionales, es decir que se produce más de uno al día, en promedio. Esta cifra incluye los videoclips musicales, que representan más del 40 por ciento de la producción, y en cualquier caso son muchas más historias de las que uno podría imaginarse.

En esta convocatoria, cada martes se estrena un cortometraje. A cada sesión asisten en promedio 300 personas, lo que significa que estas jornadas atraen cada año a 15.000 espectadores. Este movimiento se complementa con un resumen de los cuatro martes de cada mes, es decir, una sesión especial con cuatro cortometrajes, y de estas veladas se hacen 12 al año, que agregan otros 2.500 asistentes anuales.


Por si fuera poco, hay que sumar que dos jueves al mes, en la Universidad de los Andes, cerca de 700 personas asisten a una jornada nocturna al aire libre. Y al final del año se celebra el Festival Bogoshorts, que recoge la cosecha de los doce meses, agrega producciones de los cinco continentes e incorpora su experiencia de más de diez ediciones. En diciembre pasado fueron 190 proyecciones gratuitas, que atrajeron a 32.000 asistentes.

No en vano, Colombia fue este año el invitado de honor del más importante festival de cortos del mundo, el de Clermont-Ferrand (Francia), el cual se celebró del 3 al 11 de febrero.
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Los filmes criollos de este formato viajan por todo el mundo, en una exhibición itinerante llamada Bogoshorts World Tour, que este año ya llevó cortos colombianos a Tampere (Finlandia), Berlín (Alemania) y Quebec (Canadá), y pronto estará en Madrid, Barcelona y Beirut.

A toda esta plataforma estuvieron a punto de renunciar Borráez, Umaña y sus colegas, luego de verse sin equipos y sin plata para comprar unos nuevos. Decidieron resarcir las pérdidas del robo por medio de la financiación colectiva (crowdfunding).

Entre septiembre y diciembre de 2015 grabaron un video promocional y lo montaron en dos plataformas de donaciones, una para Europa y otra para Colombia.

“Eso sí es una mendigadera tenaz, uno pidiéndole plata a todo el mundo”, confiesa Umaña. Tenían como meta recoger diez millones de pesos, y ofrecían a los donantes un plan de premios que incluía recuerdos de la película, una cena con el elenco y algunas otras gratificaciones.

Pero, al final solo consiguieron 50.000 pesos que donó una amiga, a la que aún le están debiendo el premio. Espérame Genoveva estaba condenada a seguir esperando. Durante un tiempo ni siquiera se habló del asunto, era un tema vedado para sus creadores, mientras trabajaban en otros proyectos.

La unión hizo la fuerza
En medio de las dificultades encontraron un tesoro diferente: la creación de alianzas más firmes que las que da el dinero. “Después del robo, la experiencia en Argentina, los sustos, el crowdfunding..., el equipo se volvió muy unido”, asegura Umaña. Se crearon dos productoras, Dólarblue Films, la de Borráez y Umaña, y otra que fundaron los encargados de la fotografía. Empezaron a trabajar en videos institucionales, musicales, de animación.

Y cuando Genoveva... era un recuerdo doloroso del pasado, en marzo de 2016, una tía del director le preguntó por su proyecto de tesis. Con mucha vergüenza, Borráez admitió que llevaba meses engavetado porque aún les faltaban 14 millones de pesos para financiarlo. La respuesta fue casi milagrosa: “Hagan bien las cuentas, y yo les ayudo con lo que falta”.

De la noche a la mañana, Genoveva volvió a la vida; la producción rehizo el presupuesto, recortó tomas y días de filmación hasta que se llegó a 17 escenas, con 120 planos. Aunque ya había negociado con los actores, incluyendo nombres de prestigio como el de Fernando Arévalo, Borráez tuvo que contarles la verdad:
“A Fernando le habíamos planteado tres escenarios: A, que nos ganáramos una convocatoria del Festival de Cine de Cartagena; B, que consiguiéramos el presupuesto por crowdfunding, y C, que ninguno funcionara y entonces no tendríamos plata. Arévalo nos dijo: ‘A mí me gustó el guion, me gustó el proyecto, yo les camello en el A, en el B y en el Z, si quieren, pero me invitan a las fiestas...’ ”.

También se unió Alejandra Lara, con experiencia en televisión, y buscaron al protagonista central por medio de audiciones en escuelas de actuación. Finalmente, el rodaje se hizo en julio del año pasado, en apenas tres días, con jornadas extensas que terminaban a las 5 a. m. y se reanudaban pocas horas después, a la mañana siguiente.

La filmación concluyó con las tomas en exteriores, en un parqueadero de la Universidad de los Andes, que colaboró con su equipo de guardianes, dotado de perros. “Durante la última escena pasó por la calle una pandilla de La Candelaria –recuerda Umaña–. Estoy seguro de que buscaban algo, pero como vieron la seguridad de la universidad, siguieron de largo”.

El montaje se hizo en tiempo récord para participar en la convocatoria del Festival Bogoshorts 2016. Ocupados en otras grabaciones, hicieron montaje, corrección de color y posproducción en un mes. Y aunque no clasificaron para el festival, que se realizó en diciembre, tres meses después recibieron la buena noticia: el estreno de Espérame Genoveva dentro de las jornadas Bogoshorts Sessions, que cada semana dan vida al universo del cortometraje, semillero del cine colombiano.

“Cuando llego y veo esa cantidad de gente, me preguntaba: ‘¿Esto qué es?’, y me encuentro con un evento maravilloso, así que me voy feliz y emocionada”, dice la actriz Marcela Valencia en un video promocional de Bogoshorts Sessions. En esa pequeña pieza hablan también Diego Trujillo, Angélica Blandón, Andrés Parra, y se puede ver a algunos ilustres participantes como Luis Ospina, Gustavo Angarita, Vicky Hernández, Julieth Restrepo...

Grandes directores como Ciro Guerra, Rubén Mendoza, César Acevedo y Óscar Ruiz Navia han presentado sus primeros trabajos, en formato cortometraje, en esta plataforma.

“Bogoshorts es una ventana que ayuda muchísimo –concluye Umaña– porque distribuye el corto y quita una carga al equipo de producción. Se preocupan por tratarlo a uno como un profesional que se merece una alfombra roja. Uno queda muy agradecido”.

 

TOMADO DE: www.eltiempo.com